Primero López Obrador, después el país
La crisis política que enfrenta Claudia Sheinbaum tras el asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, ha dejado al descubierto su mayor contradicción: gobernar con autonomía o seguir bajo la sombra de Andrés Manuel López Obrador. Hasta ahora, la presidenta ha optado por lo segundo.
El llamado “plan de paz” para Michoacán parece más un acto de control político que una estrategia real para enfrentar al crimen organizado. Su prioridad no fue atender la tragedia ni responder a los reclamos ciudadanos, sino blindar la figura de su mentor político. Sheinbaum, en lugar de marcar distancia, repite el libreto de “abrazos, no balazos”, la misma política que heredó un país con más muertos que en los sexenios de Calderón y Peña Nieto juntos.
Mientras las cifras de violencia siguen aumentando, el discurso presidencial se centra en justificar lo injustificable. La devoción de Sheinbaum hacia López Obrador la ha llevado a defender lo indefendible, incluso cuando la realidad contradice sus palabras. En nombre de la lealtad, la presidenta frena investigaciones, protege aliados y minimiza los costos humanos.
El país no necesita una réplica del pasado, sino liderazgo propio. Pero cada decisión que toma Sheinbaum parece responder a un solo principio: primero López Obrador, luego México.




















