El arte de gobernar a través de la cámara
Por Gustavo Ferrari Wolfenson
En su libro “Política Pop de Lideres Populistas a Telepresidentes”, la reconocida académica Adriana Amado, analiza el paso a esta nueva forma de gobernar y representar a la que estamos asistiendo: la política pop. Con audacia e inteligencia recorre las experiencias de quien siendo el más revolucionario sucumbe a la seducción de verse en pantalla, en las redes, aclamado por multitudes y adulado en campañas publicitarias que repiten incansablemente que son los líderes que la patria necesita. Las y los políticos actuales, a partir de las últimas décadas, empezaron a dedicar más tiempo en comunicar que en gestionar y a invertir más dinero en medios que en escuelas. ¿Los ciudadanos? Los hay encantados de presenciar el espectáculo e inmunizados o fastidiados por la cantidad de mensajes que contrastan con sus realidades cotidianas. Nuestros dirigentes contemporáneos son hijos de la cultura pop: un estilo heredero de lo audiovisual, el entretenimiento, el culto a la celebridad. El melodrama como clave de la lucha política, la metáfora del superhéroe, el ritual del consumo está presente en los argumentos mediáticos para lograr puntos de rating o, mejor dicho, legitimidad. Hemos pasado, de acuerdo a estos nuevos tiempos, de líderes populistas a gobernantes celebrities o telepresidentes.
La idea de la política pop surge cuando la política se mediatiza al extremo. Silvio Berlusconi, ex primer ministro de Italia en varias oportunidades, es la primera persona que de ser celebridad se convierte en un líder de un país. Y no solamente porque manejaba televisión. Él también manejaba un club de fútbol súper popular. En ese sentido, podríamos equiparar la popularidad que, como dirigente de un club de fútbol como Boca Juniors, ganó en su momento Mauricio Macri como legitimidad social. Ahora estamos viendo un personaje como Trump en Estados Unidos, que también se encuadra en esta lógica de personajes que están por afuera de la política y que ingresaron en la política por su popularidad.
Hace un par de meses, el presidente de Argentina, Javier Milei dio una entrevista televisiva a un periodista que duró cinco horas, donde en una forma distendida, transgresor fiel a su estilo, fue analizando desde la transformación económica que está viviendo el país luego de una ruina financiera, hasta sus opiniones de futbol, boxeo, opera y rock. No recuerdo que haya habido entrevista alguna a un mandatario que durara ese tiempo.
José Antonio Rodríguez, alcalde de Jun, un pueblo convencional de 3.500 habitantes situado a 3 kilómetros de Granada, España tuvo una particularidad: su vida pública transcurrió principalmente en Twitter, (X) y la red social se volvió clave en la comunicación entre el ayuntamiento y los vecinos. “En el ayuntamiento ya no se ve a nadie haciendo cola, y mucha gente que viene de fuera se sorprende” decía orgulloso el alcalde, con una actividad virtual tal, que hasta el Massachussets Institute of Technology (MIT), de Estados Unidos, tras estudiar el caso, ha alabado el modelo y trató de extrapolarlo a grandes núcleos urbanos.
Hugo Chávez y su Aló Presidente se basaba en un modelo de comunicación en el que se sustituían los logros por la esperanza y en el que se diferenciaban los enemigos, los héroes y la patria. También Rafael Correa de Ecuador disponía de un programa semanal de radio y televisión y Vladimir Pútín comparecía anualmente ante las cámaras en el programa "Conversación con Putin".
Andrés Manuel López Obrador todos los días – de lunes a viernes – a partir de las 6 a.m. hacía una conferencia de prensa en la que se hablaba sobre los temas más importantes del país. Desde ese momento y diariamente el presidente, usualmente en compañía de ministros u otros funcionarios, realizaba una conferencia de prensa que duraba hasta tres horas. Esta manera de comunicación se empezó a popularizar con el nombre de “mañanera” y representaba la piedra angular de la comunicación del presidente mexicano. Las “mañaneras”, lejos de convertirse en un ejercicio de transparencia y rendición de cuentas, formaron parte de una estrategia de control mediático con el objetivo de monopolizar la agenda pública. Hoy en una forma no tan dominante, su sucesora Claudia Sheinbaum intenta hacer lo mismo.
Jimmy Morales, ex presidente de Guatemala era un conocido actor y conductor de televisión que se mantuvo al aire con su programa Moralejas por más de quince años. Salvador Nasralla candidato a presidente de Honduras también ha sido hombre de televisión. Su presencia en los medios hondureños como presentador de eventos y conductor de programas televisivos se ha extendido por más de 40 años. Ni digamos de Volodymyr Zelensky , presidente de Ucrania, quien ha ganado más de 30 galardones del Premio Nacional de Televisión de Ucrania, así como de numerosos festivales internacionales de cine y televisión y foros de medios de comunicación.
Como primera gobernadora mujer del estado de Quintana Roo en el sureste de México, con Cancún, Playa del Carmen, Cozumel, Isla Mujeres y Tulum como lideres del turismo internacional, Mara Lezama, comunicóloga de formación y con muchos años en el aire a través de un programa radial de contenido social, viene desarrollando su gobierno a partir de la grabación de videos de todo lo que realiza, marcando una línea de comunicación que se concentra muchas veces más en lo visual, lo personalista, que en lo efectivo.
¿Frente este escenario la pregunta que podríamos hacernos es para quien gobierna el gobernante? Para las redes o para la ciudadanía. Cuál es el poder de penetración de estos mensajes hacia el verdadero electorado, cuando es bien sabido que los “like” o los pulgares hacia arriba son manejados y promovidos por otras redes paralelas, creadas por ellos mismos, para potenciar la figura del gobernante de turno.
Porque los medios, las redes, no sirven para eso. El problema de muchos gobernantes es confundir su celebridad con la legitimidad política. Y la celebridad es efímera por definición. El que era célebre el año pasado, ya no lo es. La celebridad es una maquinaria que necesita renovarse todo el tiempo. Lo absurdo es creer que construyendo celebridad van a ganar estabilidad política. Además, la celebridad tampoco da prestigio. Confundir que la posición en los medios, en las redes va a darles legitimidad política es lo que nos ha llevado a que cuando todos estos líderes parecían que iban a ser eternos, después comprueban que la gente dejó de creer los discursos y estamos viendo como en Latinoamérica que ni siquiera dejaron un legado en su movimiento, sino que los cambios se dan a un signo contrario. Entonces estas supuestas transformaciones de las que hablaban, como las construyeron en un escenario tan frágil, fueron demagógicas, poco creíbles y efímeras.
Puede ser que gobernar sea comunicar, pero gobernar no es publicidad. La comunicación pública tiene una parte mediatizada, pero no es todo. Los ciudadanos tienen contacto con la cosa pública la mayor parte de las veces por experiencia directa. Entonces de nada te sirve que te digan que está el día soleado, si sales a la calle y está lloviendo. De nada sirve que te digan que es una nueva forma de gobernar cuando ofrecen lo mismo que tus antecesores y pintando por enésima vez la misma plaza o parque deportivo. En definitiva, la credibilidad ya no está en el discurso de la autoridad sino en la propia experiencia humor social de la ciudadanía. Una cosa es estar en campaña y otra es hablarle al ciudadano. Si como gobierno se quisiera mantener ese estilo, uno debería exhibir tanto a los que te agradecen como a los que no. La comunicación de gobierno es la pluralidad y la integración de todos. Hoy lo que vemos es que existe por un lado el conflicto y el gobierno sigue prefiriendo como comunicación lo festivo, lo alegre y dar buenas noticias.
Por lo tanto, el relato tan usado y gastado no es algo que se pueda producir en una oficina de prensa o en una agencia de publicidad. El relato lo construimos todos, en este caso el ciudadano. Si no hay conversación con los ciudadanos, no se logra construir comunidad. De lo contrario continuaremos con un relato efectista, circunstancial y de coyuntura, que seguirá llenando “likes” en las redes pero jamás marcaran el contenido de lo que significa el arte de gobernar, porque así como un artista sin la sensibilidad de crear es un pintor de brocha gorda, un gobernante sin contenido será un parlanchín sin gestión y visión de estado.




















